Nunca fue mudo

Ni una sola palabra se echó en falta en las brillantes actuaciones de Charlotte, el alter ego del inmortal Chaplin. No era necesario que aprendiese a hablar porque ya lo hacía. “Palabras, palabras, palabras”, añadiría Hamlet. Vagos, innecesarios vocablos vacíos de significado. Y es que, a pesar de no ser capaz de encadenar una serie de comentarios chistosos, Chaplin –el cine: el séptimo arte- nunca fue mudo.

Dicen los críticos que fue Al Jonson en El cantante de jazz el primero que dio la nota en la gran pantalla, pionero en otorgar la voz necesaria a esta novedosa manifestación artística. Sin embargo, todos ellos están completamente equivocados. La expedición lunar a la que nos aventuramos con el celebérrimo film de Georges Mélies no sería tan estimulante sin la melodía curiosa que acompaña a los aventureros, ni se nos antojaría tan surrealista El perro andaluz de Buñuel sin su apasionado tango, intercalado por la romántica Tristán e Isolda de Wagner. El cine no buscaba verbos para su recreo, sino que subsistía, vivía e incluso relucía gracias al lenguaje musical. Y en este breve aunque intenso transitar, el arco del violín, las teclas del piano y el estruendo del trombón no nos han abandonado, quizás porque la emoción que comunican queda más allá de nuestro primitivo vocabulario. O tal vez porque la música sea la luz del alma humana.

Al fin y al cabo, ¿qué sería de El padrino sin el sonido de la traición, de La lista de Schindler sin el desgarrador testimonio de las cuerdas, de La naranja mecánica sin la bellísima y asfixiante sinfonía beethoveniana? Nada más que imágenes inconexas, mensajes sin contenido, obras de arte obsoletas. Es la música el arte que da la vida al cine, y no el guion, el color o los efectos especiales, que tan solo son meras anécdotas. El cine nunca fue mudo y jamás lo será a menos que se deshaga de los albores, de su espíritu, de la mágica esencia musical que compone su propia existencia.

 

 

Rubén Jesús Almendros Peñaranda

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